Sábado, 24 Junio 2017

CONVIRTIENDO EL RUIDO EN MUSICA

Miércoles, 17 de Febrero de 2016 20:48
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Sin estridencias pero con mejoras sustanciales en aspectos clave del juego, Vélez se llevó una victoria de enorme valor de La Paternal. Un mayor grado de cohesión, una tremenda contundencia en los minutos iniciales y la adaptación a los distintos momentos del partido en base al resultado favorable fueron las razones principales de una nueva alegría

Sonidos desordenados, instrumentos tapándose unos a otros, entradas a destiempo y salidas tardías, armaban el combo de una banda musical que sonó a ruido insoportable el último fin de semana. Sólo el tema del final consiguió captar la atención y desatar el delirio de los preocupados e incrédulos seguidores de una orquesta más desconcertante que efectiva.

Esa fue la sensación que nos inundó el sábado. La victoria dejó euforia. Pero cuando se disipó el enrojecimiento de las gargantas y el pensamiento invadió el territorio de la pasión, un mar de dudas se hizo presente y los nubarrones en el horizonte aparecieron nuevamente. ¿Cuántas veces se puede salir aplaudido y victorioso con una interpretación tan pobre? ¿Cuántos rivales podrán ser tan solidarios con el presente de Vélez como lo fue Olimpo? ¿Cómo convertir en melodía este montón de ruido sin compás ni tiempo?

Argentinos Juniors era una medida diferente. Un equipo que conjuga juventud y experiencia, acumulando unos cuantos jugadores de buen pie, pero con un peso ofensivo mucho menor a su capacidad creativa y serios inconvenientes en el ámbito defensivo. Vélez debía coordinar sus movimientos para no favorecer la solución del primer problema y luego explotar debidamente el segundo.  Y el equipo de Christian Bassedas, sin demasiado virtuosismo pero reparando conceptos básicos que fallaban sistemáticamente. Vélez no fue un lujo. Lejos estuvo de serlo. Pero fue un equipo y ese es un paso fundamental.

Aquella banda que no pegaba una nota a tiempo, ayer logró melodías. No pensemos en una partitura demasiado desarrollada. Vélez no fue Pink Floyd pero tuvo la potencia y el pragmatismo de Sex Pistols, Stooges o cualquier conjunto de las épocas doradas del punk rock. Y como ocurría con aquellas históricas formaciones punk de los años setenta, cierta cuota de desorden y alguna que otra turbulencia no faltaron al convite.

Ayudado, en parte, por la temprana diferencia  generada por una gran dosis de contundencia en los diez minutos iniciales, el equipo unificó criterios. Retrocedió en grupo y conformó una barrera delante del área propia que, desde el inicio del partido y durante gran parte del encuentro, empujó a Argentinos Juniors lejos del área de Alan Aguerre. Con este logro, no hubo espacios donde el local pudiera crear y Mariano Pavone tuvo a sus compañeros más cerca para descargar los balones que conseguía ante dos centrales demasiado permisivos. Así, Vélez pudo enhebrar posesiones más largas y atacar por donde más le convenía –claramente por el sector izquierdo- y no por donde podía.

Esa cohesión que pedíamos en la previa del match y el detalle no menor de un campo de juego más reducido, le cayó como anillo al dedo a la columna vertebral velezana. En ataque, Pavone tuvo casi siempre compañía y cada jugador de Vélez que se hacía del balón contaba con alguna opción de pase concreta. En defensa, con menores espacios por recorrer y con más camisetas propias cerca, Cristian Nasuti, Emiliano Amor, Leandro Somoza y Braian Cufre sostuvieron defensivamente los embates de un Argentinos Juniors desesperado.

Aunque el conjunto de Carlos Mayor creó peligro en no menos de cinco oportunidades –sin incluir el gol mal anulado a Lautaro Rinaldi-, las mismas derivaron de la numerosa cantidad de gente que el Bicho colocó en ataque o de virtudes individuales. Aquellos importantes problemas defensivos que desnudó Olimpo el fin de semana fueron muy bien disimulados en el Diego Armando Maradona.

Por último y más allá de un Somoza que fue figura, de un Cufre que se transforma en eje fundamental del mediocampo, de un Nasuti que comienza a disipar dudas y se convierte en caudillo y de un Pavone que agregó la esperada cuota goleadora a su habitual esfuerzo, aparecen los dos jugadores que pueden convertir a Vélez en un equipo peligroso: Toledo y Coco Correa.

El primero es un filoso cuchillo que amenaza con herir a la defensa rival cada vez que encara. Cierto es que le falta ajustar la mira a la hora de tomar esa decisión que cambia intrascendencia por peligro. A veces se excede. Pero cuando se toma ese segundo necesario para analizar opciones pasa a ser un jugador excepcional y desequilibrante como ayer, cuando se disfrazó del Turu Flores para marcar un golazo extraordinario que sentenció el partido.

Correa, aun en cuotas tras su larga inactividad, es el que transforma a Vélez en un conjunto con ideas ofensivas. Juega y hace jugar. Cambia la ecuación con la pelota y colabora inteligentemente cuando no la tiene. De hecho, se encargó de borrar de la cancha a Cristian Ledesma e impedir la salida clara que aporta normalmente el experimentado mediocampista de Argentinos Juniors pero también participó activamente en la generación de los tres goles fortineros.

Otra vez sumamos de a tres. La confianza crece con las victorias pero no debemos ser extremistas. Hay mucho por corregir. Lo importante es que las mejoras aparecen. Que donde se encontraban defectos se celebran virtudes. Que el ruido se transforma en acordes y estos en melodías. Simples pero efectivas. Sin lujos pero con forma. La próxima parada es brava. Nos espera un San Lorenzo en formación que posee buen material individual y una idea de juego clara, más allá de un nivel aún lejano a lo que pretende su entrenador. Vélez irá de punto pero mejor preparado. ¿Y quién nos prohíbe la ilusión? Por ahí la banda nos regala otro recital.


Por Nicolás Di Pasqua @nicodipasqua

 

 

Propietario Periodismo del Tercer Milenio |  Director Rubén David Oliva